-C. Kavafis-
En qué consiste contemplar una obra de arte, un cuadro, sobre qué se posa nuestra vista, para un experto, sobre la calidad de la obra, desde técnica composición, texturas, pinceladas..., para un visitante de "paso" en un museo un decir "qué bonito", para quien realmente ama el arte significa detenerse, aunque sea lo único que vayas a contemplar en esa visita, introducir tu mirada en la escena que se desarrolla ante tus ojos y preguntarte: ¿dónde está tu secreto?.
Es así como se descubre la belleza de una obra de arte, no sólo se ve desde fuera, se descifra como un enigma, y para ello es necesario conocer al autor, saber no ya sólo a que movimiento o escuela pertenece, -también un apunte sobre su vida personal (las vivencias marcan y tendemos a manifestarlas de alguna manera), amén de observar cuál es la temática que aborda y qué o a quienes representa.
Hoy nos introducimos en un óleo sobre lienzo autoría de Jean-Baptiste Camille Corot, el paisajista más famoso de Francia, perteneciente a la Escuela de Barbizon, y precursor del tan conocido impresionismo. No obstante, he escogido uno de sus más bellos trabajos EL BAÑO DE DIANA, también conocido como LA FUENTE.
Pertenece a la colección Carmen Thyssen Bornemisza y podemos encontrarlo en el Museo Nacional Thyssen Bornemisza.
Corot nació en París en el seno de una familia acaudalada y recibió una buena y cuidada educación. Esta circunstancia favoreció que Corot pudiera dedicarse a lo que le gustaba y se decidió por la pintura al aire libre, conocida como "plein air". Lo que realmente amaba era el paisaje y en sus obras apenas pueden encontrarse personas, por lo que esta obra EL BAÑO DE DIANA, 1869-1870, es una curiosa excepción, máxime teniendo en cuenta que estamos ante un estudio realizado en el taller que posteriormente sirvió de base para la composición también titulada EL BAÑO DE DIANA, fechada entre 1873 y 1874, ubicada en el Museo Pushkin, Moscú, y en la que la diosa de la caza se sitúa en un paisaje acompañada de dos ninfas.
En el cuadro de Corot destaca la delicada luz que rodea y marca la figura del cuerpo femenino de la diosa, y no estamos ante un estudio anatómico, Corot no pretende darnos lecciones sino mostrarnos la carnalidad de una mujer, aún siendo diosa, a través de la singular textura de la piel de la modelo.
Ahora bien, ¿no os habéis preguntado alguna vez quiénes eran los o las modelos de las diferentes obras de arte que tanto admiramos?
Para EL BAÑO DE DIANA Corot contó con EMMA DOBIGNY, una joven nacida con el nombre de Marie Emma Tuilleux en Montmacq, en 1851 y cuyos padres tenían un pequeño cabaret en dicho pueblo, donde Corot solía ir a pintar. El pintor se fijó en la belleza de la joven y les insinuó a sus padres la posibilidad de que Emma se trasladara a París para trabajar como modelo, algo que efectivamente hizo.
Por entonces trabajar como modelo para reconocidos artistas era algo muy lucrativo, pues en tanto una sencilla obrera ganaba 1,5 francos al día, una modelo podía sacar 5 francos por trabajar sólo cuatro horas. No todas triunfaron, pues muchas de ellas acabaron por dedicarse a la prostitución. Curiosamente, los artistas podían hacerse con las mejores modelos en un mercado que se organizaba todos los lunes por la mañana en la Place Pigalle.
Emma Dobigny posó también para otros pintores como Edgar Degas, Pierre Puvis de Chavannes y Jean-Jacques Henner.
Tal como ya he expresado mirar una obra de arte, en este caso un cuadro, consiste en saber no sólo de su autor, sino también de su modelo. Siempre hay sorpresas por descubrir.
Y como toda forma de expresión artística, existe una conexión entre lo que vemos, sentimos, LEEMOS...
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